Una hora, una vez que se aloja en el extrañado elemento del espíritu humano, puede alargarse hasta cincuenta o cien veces su duración en el reloj; por otra parte, una hora puede ser representada con exactitud en el cronómetro de la mente por un solo segundo. Esta extraordinaria discrepancia entre el tiempo del reloj y el tiempo de la mente es menos conocida de lo que debiera y merece una investigación más profunda.
Pero el biógrafo, cuyos intereses son, como hemos dicho, sumamente limitados, debe ceñirse a una simple afirmación: cuando un hombre ha alcanzado la edad de treinta años, como le ocurría ahora a Orlando, el tiempo en que piensa se vuelve desmesuradamente largo; el tiempo en que actúa se vuelve desmesuradamente corto.
Así, Orlando daba sus órdenes y despachaba los asuntos de sus vastas propiedades en un abrir y cerrar de ojos; pero en cuanto se quedaba solo en el montículo bajo la encina, los segundos empezaban a redondearse y llenarse hasta parecer que jamás habrían de caer.