Entonces le pareció que la vida ya no merecía la pena. Olvidándose de los huesos de sus antepasados y de cómo la vida se cimenta sobre una tumba, se quedó allí, sacudido por los sollozos, todo por el anhelo de una mujer con pantalones rusos, ojos rasgados, boca pucheruda y perlas al cuello. Se había ido. Lo había abandonado. No volvería a verla jamás. Y así sollozó. Y así encontró el camino de regreso a sus habitaciones; y la señora Grimsditch, al ver la luz en la ventana, se apartó la jarra de los labios y dijo bendito sea Dios, Su Señoría estaba a salvo en su habitación de nuevo; pues todo este tiempo había estado pensando que lo habían asesinado vilmente.
Orlando acercó entonces su silla a la mesa; abrió las obras de Sir Thomas Browne y se dispuso a investigar la delicada articulación de una de las cavilaciones más largas y maravillosamente enrevesadas del doctor.
Pues aunque estas no son materias en las que un biógrafo pueda explayarse provechosamente, resulta bastante claro para aquellos que han hecho su parte de lectores al componer a partir de meros indicios aquí y allá toda la frontera y