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I

En la cúspide de su triunfo, cuando los cañones tronaban en la Torre y el aire estaba lo suficientemente cargado de pólvora como para hacer estornudar y los vítores del pueblo resonaban bajo las ventanas, ella lo atrajo hacia los cojines donde sus damas la habían recostado (estaba tan ajada y vieja) y le hizo hundir el rostro en aquella asombrosa composición —no se había cambiado de vestido en un mes— que olía por completo, pensó él, evocando su memoria infantil, a algún viejo bargueño de su casa donde se guardaban las pieles de su madre. Él se levantó, medio asfixiado por el abrazo. «¡Esto —susurró ella— es mi victoria!», al tiempo que un cohete rugía en las alturas y teñía sus mejillas de escarlata.

Porque la anciana lo amaba. Y la Reina, que sabía reconocer a un hombre cuando lo veía, aunque no, según se dice, de la manera habitual, le urdió una carrera espléndida y ambiciosa.

Se le concedieron tierras, se le asignaron casas. Había de ser el hijo de su vejez; el miembro de su debilidad; el roble en el que apoyaba su degradación.

Ella graznaba estas promesas y extrañas ternuras dominantes (ahora estaban en Richmond) sentada muy erguida con sus rígidos brocados junto al fuego que, por mucho que lo amontonaran, jamás lograba calentarla.

Mientras tanto, avanzaban los largos meses de invierno. Todos los árboles del parque estaban cubiertos de escarcha. El río corría con pereza. Un día, cuando la nieve cubría el suelo, las oscuras habitaciones revestidas de paneles estaban llenas de sombras y los ciervos bramaban en el parque, vio en el espejo —que, por miedo a los espías, guardaba siempre consigo— a través de la puerta —que, por miedo a los asesinos,

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