La oscuridad era más compasiva con su corazón inflamado y violento. Escuchaba cada pisada; especulaba sobre cada sonido.
Cada grito de borracho y cada lamento de algún pobre infeliz tendido sobre la paja o en otra desgracia le dolía en el alma, como si presagiara malos augurios para su empresa.
Sin embargo, no temía por Sasha. El valor de ella restaba importancia a la aventura. Vendría sola, con su capa y sus pantalones, calzada de botas como un hombre. Por ligera que fuera su pisada, apenas se dejaría oír, ni siquiera en este silencio.
Así que esperó en la oscuridad.
De repente recibió un golpe en la cara, suave pero pesado, en el costado de la mejilla. Tan cargado de expectativas estaba que dio un sobresaltos y se llevó la mano a la espada. El golpe se repitió una docena de veces en la frente y la mejilla.
La seca helada había durado tanto que tardó un minuto en darse cuenta de que eran gotas de lluvia lo que caía; los golpes eran los golpes de la lluvia.
Al principio cayeron lenta, deliberadamente, una a una. Pero pronto las seis gotas se convirtieron en sesenta; luego en seiscientas; luego se fundieron en un chorro de agua constante. Era como si el cielo duro y consolidado se derramara en una fuente generosa. En el espacio de cinco minutos Orlando estaba empapado hasta los huesos.