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IV. Orlando

Estirando los brazos (los brazos, ya había aprendido, no tienen efectos tan fatales como las piernas), dio gracias al Cielo por no estar desfilando a caballo por Whitehall, ni siquiera condenando a muerte a un hombre.

—Más vale —pensó— estar vestida de pobreza e ignorancia, que son los oscuros ropajes del sexo femenino; más vale dejar el gobierno y la disciplina del mundo a los otros; más vale librarse de la ambición marcial, del afán de poder y de todos los demás deseos varoniles, si con ello se pueden disfrutar más plenamente los más exaltados raptos conocidos por el espíritu humano, que son —dijo en voz alta, según su costumbre cuando estaba conmovida— la contemplación, la soledad, el amor.

—¡Alabado sea Dios por ser mujer! —exclamó, y estuvo a punto de caer en la extrema locura —una de las más penosas, tanto en la mujer como en el hombre— de sentirse orgullosa de su sexo, cuando se detuvo ante esa palabra singular que, a pesar de todos nuestros esfuerzos por ponerla en su lugar, se ha colado al final de la última oración: Amor.

—Amor —dijo Orlando. Al instante —tal es su impetuosidad—, el amor adoptó una forma humana —tal es su orgullo—. Porque mientras otros pensamientos se contentan con seguir siendo abstractos, nada satisface a este si no es revestirse de carne y hueso, mantilla y enaguas, calzas y jubón.

Y como todos los amores de Orlando habían sido mujeres, ahora, debido a la censurable pereza del cuerpo humano para adaptarse a las convenciones, aunque ella misma era una mujer, seguía siendo a una mujer a quien amaba; y si la conciencia de ser del mismo sexo tuvo algún efecto, este fue el de acelerar y profundizar aquellos sentimientos que había abrigado siendo hombre. Pues ahora se le aclaraban mil indicios y misterios que antes le resultaban oscuros. Ahora se disipaba la penumbra que divide a los sexos y deja que perduren innumerables impurezas en su oscuridad, y si hay algo de cierto

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