Orlando, que jamás había conocido a nadie de su especie. Hasta las Criadas, que lo despreciaban, reían disimuladamente de sus chistes, y los criados, que lo aborrecían, se quedaban rondando para escuchar sus historias. En verdad, la casa nunca había estado tan animada como ahora que él se encontraba allí; todo lo cual le dio a Orlando mucho en qué pensar, y lo llevó a comparar este modo de vida con el anterior.
Recordaba el género de conversaciones a las que estaba acostumbrado sobre la apoplejía del rey de España o el apareamiento de una perra; pensaba en cómo transcurría el día entre las caballerizas y el vestidor; recordaba cómo los lores roncaban sobre su vino y odiaban a cualquiera que los despertara.
Pensaba en lo activos y valientes que eran de cuerpo; en lo perezosos y tímidos de mente. Preocupado por estos pensamientos, e incapaz de alcanzar un justo equilibrio, llegó a la conclusión de que había introducido en su casa un molesto espíritu de inquietud que jamás volvería a dejarle dormir tranquilo.