—Orlando, mi queridísimo —empezaba a decir Shel, cuando se oyó un revuelo afuera y entró Basket, el mayordomo, con la noticia de que había un par de maderos abajo con una orden de la reina.
—Que pasen —dijo Shelmerdine brevemente, como si estuviera en su propio puente de mando, adoptando por instinto una postura con las manos a la espalda frente a la chimenea.
Dos oficiales con uniformes verde botella y porras en la cintura entraron entonces en la habitación y se pusieron firmes.
Terminadas las formalidades, entregaron en las propias manos de Orlando, tal como estipulaba su comisión, un documento legal de índole muy imponente, a juzgar por los pegotes de lacre, las cintas, los juramentos y las firmas, todos de la más alta importancia.
Orlando recorrió el texto con la mirada y luego, usando el dedo índice de su mano derecha como puntero, leyó en voz alta los siguientes datos por considerarlos de mayor relevancia para el asunto.
—Los pleitos están resueltos —leyó en voz alta...—; algunos a mi favor, como por ejemplo... otros