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Capítulo II

Que Orlando, al apresurarse a saludarlo, se sintiera un poco decepcionado era inevitable.

El poeta no superaba la estatura media; era de complexión mezquina; estaba delgado y encorvado y, al tropezar con el mastín al entrar, el perro lo mordió.

Además, Orlando, a pesar de su conocimiento de la humanidad, no sabía muy bien dónde ubicarlo. Había algo en él que no encajaba ni como criado, ni como escudero, ni como noble. La cabeza, con su frente redondeada y su nariz aguileña, era fina, pero el mentón huía hacia atrás. Los ojos eran brillantes, pero los labios colgaban flojos y babosos.

Era la expresión del rostro en su conjunto, sin embargo, lo que resultaba inquietante. No había en él nada de esa majestuosa compostura que hace que las caras de la nobleza sean tan gratas de contemplar; ni tenía nada de la digna servilidad del rostro de un criado bien adiestrado; era una cara surcada, arrugada y contraída.

Poeta y todo como era, parecía más acostumbrado a regañar que a halagar; a pelear que a arrullar; a forcejear que a cabalgar; a luchar que a descansar; a odiar que a amar. Esto también se manifestaba en la rapidez de sus movimientos y en algo ardiente y receloso en su mirada.

Orlando se quedó un tanto desconcertado. Pero fueron a cenar.

Aquí Orlando, que solía dar esas cosas por sentadas, sintió, por primera vez, una vergüenza inexplicable por el número de sus criados y por el esplendor de su mesa. Más extraño aún, pensó con orgullo —ya que tal pensamiento solía disgustarle— en aquella bisabuela Moll que había ordeñado vacas. Estaba

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