Una vieja haciendo una cesta, un muchacho desollando una oveja, cantaban o tarareaban contentos en su labor, cuando Orlando entraba en el campamento, se arrojaba junto al fuego y contemplaba las llamas.
Bastaba con que no los mirara siquiera para que ellos sintieran: ahí hay alguien que duda (hacemos una traducción aproximada de la lengua gitana); ahí hay alguien que no hace las cosas por el hecho de hacerlas, ni mira por el placer de mirar; ahí hay alguien que no cree ni en la piel de oveja ni en la cesta, sino que ve (aquí miraban con aprensión alrededor de la tienda) otra cosa.
Entonces un sentimiento impreciso pero muy desagradable empezaba a agitar al muchacho y a la anciana. Rompían sus mimbres; se cortaban los dedos. Una gran rabia se apoderaba de ellos. Deseaban que Orlando se fuera de la tienda y no volviera a acercarse a ellos nunca más.
Sin embargo, reconocían que tenía un carácter alegre y dispuesto; y una sola de sus perlas bastaba para comprar el mejor hato de cabras de Bursa.
Lentamente empezó a sentir que había alguna diferencia entre ella y los gitanos que a veces la hacía dudar de casarse y establecerse entre ellos para siempre. Al principio trató de explicárselo diciendo que ella procedía de una raza antigua y civilizada, mientras que estos gitanos eran un pueblo ignorante, no mucho mejor que los salvajes.
Una noche, cuando la interrogaron sobre Inglaterra, no pudo evitar describir con cierto orgullo la casa donde había nacido, cómo tenía 365 dormitorios y había pertenecido a su familia durante cuatro o cinco siglos. Sus antepasados eran condes, o incluso duques, añadió.
Ante esto, volvió a notar que los gitanos se mostraban inquietos; pero no enfadados como antes, cuando había alabado la belleza de la naturaleza. Ahora eran corteses, pero preocupados, como lo está la gente de buena educación cuando se ha hecho a un extranjero revelar su bajo origen o su pobreza.