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Capítulo II

circunferencia de una persona viva; que pueden oír en lo que apenas susurramos una voz viva; que pueden ver, a menudo cuando no decimos nada al respecto, exactamente qué aspecto tenía; que saben sin una palabra que los guíe precisamente lo que pensaba —y es para lectores como estos para quienes escribimos—, resulta evidente entonces para tal lector que Orlando estaba extrañamente compuesto de muchos humores —de melancolía, de indolencia, de pasión, de amor a la soledad, por no hablar de todas aquellas contorsiones y sutilezas de carácter que se indicaban en la primera página, cuando arremetía contra la cabeza de un negro muerto; la derribaba; la colgaba caballerosamente fuera de su alcance de nuevo, y luego se retiraba al asiento de la ventana con un libro.

El gusto por los libros fue temprano. De niño, a veces lo encontraba un paje a medianoche todavía leyendo. Le quitaban la vela, y él criaba luciérnagas para cumplir su propósito. Le quitaban las luciérnagas, y casi incendió la casa con un eslabón.

Para decirlo en pocas palabras, dejando que el novelista alise la seda arrugada y todas sus implicaciones, era un noble afligido por el amor a la literatura.

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