rapidez, al descubrir que eran del mismo sexo, cambió sus modales y abandonó sus aires quejosos y suplicantes)—, el quid de la cuestión es que hoy no estoy de humor para la compañía del otro sexo. De verdad, estoy en un aprieto de mil demonios. Acto seguido, arrimando el fuego y removiendo un cuenco de ponche, le contó a Orlando toda la historia de su vida. Puesto que es la vida de Orlando lo que nos ocupa en este momento, no necesitamos relatar las aventuras de la otra dama, pero es indudable que Orlando jamás había visto las horas pasar más rápida ni alegremente, a pesar de que la señora Nell no tenía un ápice de ingenio y, al salir a relucir el nombre de lord Pope en la conversación, preguntó con toda inocencia si estaba emparentado con el peluquero de ese mismo nombre en Jermyn Street. Sin embargo, para Orlando —tal es el encanto de la naturalidad y la seducción de la belleza—, la charla de esta pobre muchacha, por muy salpimentada que estuviera con las expresiones más vulgares de las esquinas, supo a vino después de las refinadas frases a las que estaba acostumbrada, y se vio abocada a la conclusión de que había algo en la burla de lord Pope, en la condescendencia de lord Addison y en el secreto de lord Chesterfield que le quitaba el apetito por la compañía de los ingenios, por mucho que tuviera que seguir respetando profundamente sus obras.
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IV. Orlando
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