tallados nadaban; se cepilló el cabello con el cepillo de plata del rey Jacobo; hundió el rostro en el potpourri, hecho según el Conquistador les había enseñado muchos cientos de años atrás y con las mismas rosas; miró el jardín e imaginó los azafranes dormidos, las dalias adormecidas; vio a las frágiles ninfas brillando blancas en la nieve y a los grandes setos de tejo, tan espesos como una casa, negros tras ellas; vio los invernaderos de naranjos y los nísperos gigantes—todo esto vio, y cada visión y sonido, por burdamente que lo escribamos, llenó su corazón de tal avidez y bálsamo de gozo que al fin, agotada, entró en la Capilla y se hundió en el viejo sillón rojo en el que sus antepasados solían oír el oficio.
Allí encendió un puro (era una costumbre que había traído de Oriente) y abrió el Libro de Oración.
Era un librito encuadernado en terciopelo, bordado con hilo de oro, que María Estuardo había sostenido en el cadalso, y el ojo de la fe podía distinguir una mancha pardusca que, según decían, era de una gota de sangre real.
Pero qué piadosos pensamientos despertaba en Orlando, qué pasiones malvadas adormecía, ¿quién se atrevería a decirlo, dado que de todas las comuniones esta con la divinidad es la más inescrutable?
Novelista, poeta, historiador, todos vacilan con la mano en ese pomo; ni el creyente mismo nos alumbra, pues ¿acaso está más dispuesto a morir que los demás, o más ansioso por compartir sus bienes? ¿No mantiene tantas criadas y caballos de coche como el resto? y, sin embargo, a pesar de todo, profesa una fe que, según afirma, debería hacer de los bienes una vanidad y de la muerte algo deseable.
En el libro de oraciones de la Reina, junto con la mancha de sangre, había también un mechón de cabello y una miga de pastel; Orlando añadió ahora a estos recuerdos una hebra de tabaco y así, leyendo y fumando, se vio conmovida por el revoltijo piadoso de todo aquello —el cabello, el