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Capítulo II

batirse en duelo—, fuera tan propenso al letargo del pensamiento y tan vulnerable a él que, cuando se trataba de poesía o de su propia competencia en ella, era tan tímido como una niña pequeña tras la puerta de la casa de su madre. A nuestro juicio, las burlas de Greene hacia su tragedia le dolieron tanto como las burlas de la Princesa hacia su amor. Pero volviendo al tema—

Orlando siguió pensando. Seguía mirando la hierba y el cielo, tratando de recordar lo que un verdadero poeta, con sus versos publicados en Londres, diría acerca de ellos. La memoria entretanto (cuyos hábitos ya han sido descritos) mantuvo firme ante sus ojos el rostro de Nicholas Greene, como si aquel hombre sardónico de labios flojos, por muy traicionero que hubiera demostrado ser, fuera la Musa en persona, y fuera a él a quien Orlando debía rendir homenaje. Así que Orlando, aquella mañana de verano, le ofreció una variedad de frases, unas llanas, otras

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