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VI

había más remedio que someterse a lo que era evidentemente el deseo de él y el ferviente anhelo del poema mismo. Así que Sir Nicholas convirtió el paquete manchado de sangre en un atado pulcro; se lo metió aplanado en el bolsillo del pecho, no fuera a estropear el corte de la chaqueta; y, con muchos cumplidos por ambas partes, se separaron.

Orlando subió por la calle. Ahora que el poema se había ido —y sentía un vacío en el pecho donde antes solía llevarlo—, no tenía otra cosa que hacer que reflexionar sobre lo que le viniera en gana; las extraordinarias casualidades, tal vez, de la suerte humana. Allí estaba en St. James’s Street; una mujer casada; con un anillo en el dedo; donde antes hubo una cafetería ahora había un restaurante; eran más o menos las tres y media de la tarde; el sol brillaba; había tres palomas; un perro terrier mestizo; dos coches de caballos hansom y un landó con capota. ¿Qué era, pues, la Vida? El pensamiento le brotó en la cabeza con violencia, de forma impertinente (a menos que el viejo Greene fuera de algún modo la causa). Y puede tomarse como un comentario, adverso o favorable, según el lector decida considerarlo, sobre sus relaciones con su esposo (que estaba en el cabo de Hornos), el hecho de que, cada vez que algo le brotaba con violencia en la cabeza, iba derecha a la oficina de telégrafos más cercana y le ponía un telegrama. Había una, casualmente, muy cerca. > «Dios mío Shel», telegrafió; «vida literatura adulador Greene—» aquí cayó en un lenguaje cifrado que habían inventado entre ambos para poder transmitir todo un estado espiritual de la más extrema

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