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Capítulo II

habitación, sacó una llave de plata del bolsillo y abrió las puertas de un gran bargueño incrustado que había en la esquina. Dentro había unos cincuenta cajones de madera de cedro, y en cada uno de ellos había un papel pulcramente escrito de puño y letra de Orlando. Se detuvo, como si dudara cuál abrir. En uno ponía «La muerte de Áyax», en otro «El nacimiento de Píramo», en otro «Ifigenia en Áulide», en otro «La muerte de Hipólito», en otro «Meleagro», en otro «El regreso de Odiseo»; de hecho, apenas había un solo cajón que careciera del nombre de algún personaje mitológico en un momento crítico de su trayectoria. En cada cajón reposaba un documento de considerable tamaño íntegramente escrito de puño y letra de Orlando.

La verdad era que Orlando sufría de este mal desde hacía muchos años. Jamás muchacho alguno había suplicado manzanas como Orlando suplicaba papel; ni golosinas como suplicaba tinta. Escapándose de las conversaciones y los juegos, se había ocultado tras las cortinas, en escondites de curas, o en el armario detrás de la alcoba de su madre, el cual tenía un gran agujero en el suelo y olía horriblemente a

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