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V. La gran nube

de papel, manchado por el mar, manchado por la sangre, manchado por los viajes: el manuscrito de su poema, «El roble». Lo había llevado consigo durante tantos años ya, y en circunstancias tan peligrosas, que muchas de las páginas estaban manchadas, algunas rotas, mientras que los apuros en que se había visto de papel para escribir cuando estuvo con los gitanos la habían obligado a rellenar los márgenes y a cruzar las líneas hasta que el manuscrito parecía una labor de zurcido ejecutada con la más alta conciencia. Volvió a la primera página y leyó la fecha, 1586, escrita con su propia mano de muchacho. Llevaba trabajando en él cerca de trescientos años ya. Era hora de ponerle fin. Mientras tanto, comenzó a hojear, a sumergirse en él, a leer, a saltar de una parte a otra y a pensar, mientras leía, en lo muy poco que había cambiado en todos esos años. Había sido un muchacho melancólico, enamorado de la muerte, como suelen estarlo los muchachos; y luego había sido amorosa y florida; y luego había sido vivaz y satírica; y a veces había probado con la prosa y a veces había probado con el drama. Sin embargo, a través de todos estos cambios había permanecido, reflexionó, fundamentalmente idéntica. Tenía el mismo temperamento meditabundo y taciturno, el mismo amor por los animales y la naturaleza, la misma pasión por el campo y las estaciones.

—Al fin y al cabo —pensó, levantándose y acercándose a la ventana—, nada ha cambiado. La casa, el jardín están exactamente igual que antes. No se ha movido una silla, no se ha vendido ninguna fruslería. Ahí están los mismos senderos, los mismos céspedes, los mismos árboles y el mismo estanque, en el que, me atrevería a decir, hay las mismas carpines. Es verdad que la reina Victoria está en el trono y no la reina Isabel, pero qué diferencia.⁠ ⁠…

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