ningún muchacho tenía esos pechos; ningún muchacho tenía unos ojos que parecían haber sido pescados en el fondo del mar. Por último, tras detenerse e inclinar el cuerpo en una reverencia de la más extrema gracia ante el rey, que pasaba arrastrando los pies del brazo de algún lord en funciones, la patinadora desconocida se paró en seco. No estaba ni a la anchura de una palma. Era una mujer. Orlando la miró fijamente; tembló; se acaloró; se enfrió; deseó arrojarse a través del aire veraniego; aplastar bellotas bajo sus pies; agitar los brazos junto a los hayas y los robles. En su lugar, apretó los labios sobre sus pequeños dientes blancos; los abrió quizá medio centímetro como si fuera a morder; los cerró como si hubiera mordido. La dama Eufrosina pendía de su brazo.
El nombre de la extranjera, según averiguó, era la princesa Marousha Stanilovska Dagmar Natasha Iliana Romanovitch, y había llegado en el séquito del embajador moscovita, que tal vez era su tío, o tal vez su padre, para asistir a la coronación.
Muy poco se sabía de los moscovitas. Ataviados con sus grandes barbas y gorros de piel, se sentaban casi en silencio, bebiendo un líquido negro que escupían de vez en cuando sobre el hielo. Ninguno hablaba inglés, y el francés, con el que al menos algunos estaban familiarizados, era entonces poco hablado en la corte inglesa.
Fue a causa de este incidente como Orlando y la Princesa se conocieron.
Estaban sentados el uno frente al otro en la gran mesa dispuesta bajo un enorme toldo para el entretenimiento de los notables. La Princesa estaba situada entre dos jóvenes Lores, el lord Francis Vere el uno y el joven conde de Moray el otro.
Era risible ver el apuro en el que pronto los metió pues, aunque ambos eran buenos muchachos a su manera, tanto sabía de la lengua francesa el que aún no había nacido como ellos.