¿Sería entonces la reina Victoria, o lord Melbourne? ¿Acaso de ellos procedía el gran descubrimiento del matrimonio? Sin embargo —meditaba ella—, se decía que la reina era muy aficionada a los perros, y de lord Melbourne había oído decir que le gustaban las mujeres. Era extraño, era desagradable; de hecho, había algo en esta indisolubilidad de los cuerpos que le repugnaba en cuanto al sentido del decoro y la higiene. Sus cavilaciones, sin embargo, venían acompañadas de tal hormigueo y tañido en el dedo afligido que apenas podía mantener las ideas en orden. Se marchitaban y lanzaban miradas coquetas como caprichos de criada. La hacían sonrojar. No le quedó más remedio que comprar una de aquellas feas sortijas y llevarla como los demás. Así lo hizo, deslizándosela en el dedo con vergüenza, a la sombra de una cortina; pero de nada sirvió. El hormigueo persistió con más violencia y más indignación que nunca. No pegó el ojo en toda la noche. A la mañana siguiente, cuando cogió la pluma para escribir, o bien se quedaba en blanco y la pluma dejaba un borrón lacrimoso tras otro, o bien divagaba, de forma aún más alarmante, en melifluas fluideces sobre la muerte prematura y la corrupción, lo cual era peor que no pensar en absoluto. Pues parecía —su caso lo demostraba— que escribimos no con los dedos, sino con toda la persona. El nervio que rige la pluma se enreda en cada fibra de nuestro ser, atraviesa el corazón, penetra en el hígado. Aunque el epicentro de su mal parecía ser la mano izquierda, se sentía envenenada de pies a cabeza, y al fin se vio obligada a considerar el más desesperado de los remedios, que consistía en rendirse por completo y sumisamente al espíritu de la época y buscar un marido.
Que esto iba muy en contra de su temperamento natural ha quedado suficientemente claro. Cuando el sonido de las ruedas de la carroza del Archiduque se desvaneció, el grito que acudió a sus labios fue «¡La vida! ¡Un amante!»,