Atónito y estupefacto, Orlando no pudo hacer otra cosa durante un buen rato que contemplar la aterradora carrera de las aguas al precipitarse raudas frente a él.
Al fin, pareciendo recapacitar, clavó espuelas a su caballo y galopó con fuerza por la ribera del río en dirección al mar.
Al doblar un recodo del río, se situó frente a aquel trecho donde, ni dos días atrás, los barcos de los Embajadores habían parecido inamoviblemente congelados. A la carrera, los contó todos; el francés; el español; el austriaco; el turco.
Todos seguían flotando, aunque el francés se había soltado de sus amarras y el buque turco se había abierto un gran desglose en el costado y se llenaba de agua rápidamente.
Pero el barco ruso no se veía por ninguna parte. Por un momento, Orlando pensó que se había ido a pique; sin embargo, incorporándose en los estribos y cubriéndose los ojos —que poseían la agudeza de los de un halcón—, pudo distinguir apenas la silueta de un barco en el horizonte. Las águilas negras ondeaban en el tope del mástil. El barco de la embajada moscovita se adentraba en mar abierto.
Arrojándose de su caballo, hizo ademán, en su furia, de querer desafiar la crecida.
De pie con el agua hasta las rodillas, lanzó contra la mujer infiel todos los insultos que jamás hayan sido el sino de su sexo.
Infiel, mudable, inconstante la llamó; diabólica, adúltera, embustera; y las aguas turbulentas se llevaron sus palabras, y arrojaron a sus pies una vasija rota y un poco de paja.