puede multiplicar a partir de su propia experiencia las diferentes condiciones que sus distintos yoes le han impuesto —y algunas son demasiado descabelladas para mencionarlas siquiera en letra impresa.
Así que Orlando, en la curva junto al granero, llamó: «¿Orlando?», con un tono interrogativo en la voz, y esperó. Orlando no acudió.
—Muy bien, pues —dijo Orlando, con la buena disposición que la gente suele mostrar en estas ocasiones—, y probó con otro. Pues poseía una gran variedad de yos a los que apelar, muchos más de los que hemos podido incluir aquí, ya que una biografía se considera completa si da cuenta tan solo de seis o siete yos, cuando una persona bien puede tener varios miles. Escogiendo, por tanto, únicamente aquellos yos para los que hemos encontrado espacio, Orlando pudo haber apelado entonces al muchacho que cortó la cabeza del negro; al muchacho que volvió a colgarla; al muchacho que se sentó en la colina; al muchacho que vio al poeta; al muchacho que le entregó a la Reina el aguamanil de rosas; o pudo haber apelado al joven que se enamoró de Sasha; o al cortesano; o al embajador; o al soldado; o al viajero; o quizás habría querido que acudiera a ella la mujer; la gitana; la gran dama; la ermitaña; la muchacha enamorada de la vida; la mecenas de las letras; la mujer que invocaba a Mar (que significaba baños calientes y fuegos vespertinos) o a