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IV. Orlando

La gran mansión parecía más un pueblo que una casa, parda y azul, rosa y púrpura en la nieve, con todas sus chimeneas humeando activamente como si estuvieran inspiradas por una vida propia. No pudo contener un grito al verla allí, tranquila y maciza, recostada sobre los prados.

Al entrar el coche amarillo en el parque y avanzar rodando por la avenida entre los árboles, los ciervos rojos levantaron la cabeza como si esperasen algo y se observó que, en lugar de mostrar la timidez propia de su especie, seguían al coche y se congregaron en torno al atrio cuando este se detuvo.

Unos menearon las cuernas, otros escarbaron el suelo mientras se bajaba el estribo y Orlando descendía. Cuentan que uno, incluso, se arrodilló ante ella en la nieve.

No tuvo tiempo de alzar la mano hacia el picaporte antes de que ambas hojas de la gran puerta se abrieran de par en par, y allí estaban, con luces y antorchas en alto, la señora Grimsditch, el señor Dupper y todo un séquito de sirvientes que habían salido a recibirla.

Pero la ordenada procesión se vio interrumpida primero por la impetuosidad de Canuto, el elkhound, que se abalanzó con tal ardor sobre su ama que por poco la tira al suelo; después, por la agitación de la señora Grimsditch, quien, amagando con hacer una reverencia, se vio dominada por la emoción y no pudo hacer otra cosa que exclamar entre sofocos: ¡Milord! ¡Milady! ¡Milady! ¡Milord!, hasta que Orlando la consoló con un caluroso beso en ambas mejillas.

Después de eso, el señor Dupper comenzó a leer un pergamino, pero con los perros ladrando, los monteros tocando sus cuernos y los ciervos, que habían entrado en el patio en medio de la confusión, aullándole a la luna, no se avanzó mucho, y la compañía se dispersó adentro tras agolparse en torno a su Ama y manifestar de todas las maneras su gran alegría por su regreso.

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