espanta a la fiera, asusta al salvaje, me hace ropas con la lana del gusano de seda y alfombras con la de la oveja. Si quiero adorar, ¿no me has proporcionado una imagen de ti mismo y la has colocado en el cielo? ¿No hay pruebas de tu cuidado en todas partes? ¡Qué humilde, qué agradecida, qué dócil no debería ser, por tanto! Que sea todo mi gozo servirte, honrarte y obedecerte”.
Aquí llegaron al gran farol de la esquina de lo que hoy es Piccadilly Circus.
La luz le dio de lleno en los ojos, y vio, además de a unas criaturas degradadas de su propio sexo, a dos pigmeos miserables en una isla desierta y desolada. Ambos estaban desnudos, solos y desprotegidos. El uno no tenía poder para ayudar al otro. Cada cual tenía bastante con ocuparse de sí mismo.
Mirando al señor Pope directamente a la cara, «Es igual de inútil —pensó—, que tú pienses que puedes protegerme, o que yo piense que puedo adorarte. La luz de la verdad nos fustiga sin sombra, y la luz de la verdad nos sienta condenadamente mal a los dos».