carecía de variedad la obra; pues hasta allí llegaban, arrastrados por yuntas desde Sussex, grandes árboles, para ser cortados y dispuestos a lo largo de la galería como suelo; y luego un cofre de Persia, relleno de lana y aserrín, del cual, al fin, sacaría un solo plato, o un anillo de topacio.
A la larga, sin embargo, ya no quedaba espacio en las galerías para otra mesa; ni espacio en las mesas para otro bargueño; ni espacio en el bargueño para otra bombonera; ni espacio en la bombonera para otro puñado de poturrí; ya no quedaba sitio para nada en ninguna parte; en resumen, la casa estaba amueblada.
En el jardín, las campanillas de invierno, los azafranes, los jacintos, las magnolias, las rosas, los lirios, los asteres, la dalias en todas sus variedades, los peral y los manzano y los cerezo y los morera, con una enorme cantidad de arbustos raros y de flor, de árboles de hoja perenne y perennes, crecían tan apiñados sobre las raíces de los demás que no había trozo de tierra sin su floración, ni extensión de césped sin su sombra.
Además, había importado aves silvestres de vistoso plumaje; y dos osos malayos, cuya brusquedad de modales ocultaba, estaba seguro de ello, unos corazones fieles.