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IV. Orlando

De modo que se la puede imaginar pasando la mañana con una túnica de China de género ambiguo entre sus libros; luego, recibiendo a uno o dos clientes (pues tenía muchas decenas de suplicantes) con la misma prenda; después daba una vuelta por el jardín para podar los nogales —para lo cual los calzones cortos resultaban convenientes—; luego se ponía un tafetán floreado que era el más adecuado para un paseo en carruaje hasta Richmond y una propuesta de matrimonio de algún gran noble; y de vuelta otra vez a la ciudad, donde se ponía un vestido color tabaco como el de un abogado y visitaba los tribunales para ver cómo iban sus causas —pues su fortuna se consumía a cada hora y los pleitos no parecían estar más cerca de resolverse de lo que habían estado hacía cien años—; y así, finalmente, cuando llegaba la noche, lo más frecuente era que se convirtiera en un noble de pies a cabeza y recorriera las calles en busca de aventuras.

De vuelta de algunas de estas farras —de las cuales corrían muchas historias por entonces, como que se batió en duelo, sirvió en un barco del Rey como capitana, la vieron bailar desnuda en un balcón y huyó con cierta dama a los Países Bajos, adonde el marido de la dama las fue siguiendo—, pero sobre la veracidad o falsedad de estos relatos no emitimos opinión alguna—, de vuelta de cualquiera que hubiese sido su ocupación, se empeñaba a veces en pasar bajo las ventanas de una cafetería, donde podía ver a los ingenios sin ser vista, y así imaginaba por sus gestos qué cosas sabias, ingeniosas o maliciosas andaban diciendo sin oír una sola palabra de ellas; lo cual tal vez era una ventaja; y en una ocasión estuvo media hora contemplando tres sombras en el estor que bebían té juntas en una casa de Bolt Court.

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