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VI

junto a la carpintería y a quedarse inmóvil observando a Joe Stubbs fabricar una rueda de carro. Estaba de pie con la mirada fija en su mano cuando dio el cuarto. Atravesó su interior como un meteoro, tan caliente que ningún dedo puede sostenerlo. Vio con repugnante viveza que el pulgar de la mano derecha de Joe no tenía uña y había un montículo cóncavo de carne rosada donde la uña debería haber estado. La visión era tan repulsiva que se sintió desfallecer un momento, pero en la oscuridad de ese instante, al parpadearle los párpados, se vio liberada de la presión del presente. Había algo extraño en la sombra que proyectaba el parpadeo de sus ojos, algo que (como cualquiera puede comprobar por sí mismo mirando ahora al cielo) está siempre ausente del presente —de ahí su terror, su carácter indefinible—, algo que uno tiembla por atravesar con un nombre y llamar belleza, pues no tiene cuerpo, es como una sombra sin sustancia ni cualidad propia, pero tiene el poder de cambiar cualquier cosa a la que se añada. Esta sombra ahora, mientras parpadeaba en su desmayo dentro de la carpintería, se deslizó y, uniéndose a las innumerables visiones que había estado recibiendo, las compuso en algo tolerable, comprensible. Su mente comenzó a agitarse como el mar. Sí, pensó, exhalando un profundo suspiro de alivio al apartarse de la carpintería para subir la colina, puedo empezar a vivir de nuevo. Estoy junto al Serpentine, pensó, el botecito está cruzando el arco blanco de mil muertes. Estoy a punto de comprender.

Aquellas fueron sus palabras, pronunciadas con total claridad, pero no podemos ocultar el hecho de que en ese momento era una testigo muy

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