negra en el palo mayor, del cual colgaban carámbanos multicolores de varias yardas de longitud. Sasha se había dejado parte de su ropa a bordo y, suponiendo que el barco estuviera vacío, subieron a cubierta y fueron en su busca. Recordando ciertos episodios de su propio pasado, a Orlando no le habría extrañado que algunos buenos ciudadanos hubieran buscado este refugio antes que ellos; y así fue. No se habían aventurado mucho cuando un apuesto joven se levantó de un asunto propio tras un rollo de cabo y, diciendo al parecer —pues hablaba ruso— que era uno de los tripulantes y que ayudaría a la Princesa a encontrar lo que buscaba, encendió un trozo de vela y desapareció con ella hacia las entrañas del barco.
El tiempo pasó y Orlando, envuelto en sus propios sueños, solo pensaba en los placeres de la vida; en su joya; en su rareza; en los medios para hacerla suya de forma irrevocable e indisoluble. Había obstáculos y penalidades que superar. Ella estaba empeñada en vivir en Rusia, donde había ríos congelados y caballos salvajes y