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III

Pero dejen que otras plumas traten del sexo y de la sexualidad; nosotros abandonamos tan odiosos temas tan pronto como podemos.

Orlando se había lavado ya y se había vestido con aquellos abrigos y pantalones turcos que puede llevar indistintamente cualquier sexo; y se vio obligada a considerar su situación.

Que era sumamente precaria y embarazosa ha de ser el primer pensamiento de todo lector que haya seguido su historia con simpatía.

Joven, noble, hermosa, se había despertado para hallarse en una situación que no alcanzamos a concebir más delicada para una joven de alcurnia. No la habríamos censurado si hubiera tocado el timbre, hubiera gritado o se hubiera desmayado. Pero Orlando no mostró tales signos de perturbación.

Todos sus actos eran sumamente deliberados, y bien podría haberse pensado que daban muestras de premeditación.

  • Primero, examinó con cuidado los papeles de la mesa;
  • tomó los que parecían estar escritos en verso y se los guardó en el pecho;
  • luego llamó a su lebrel de Seleucia, que no se había apartado de su lecho en todos estos días, aunque medio muerto de hambre, lo alimentó y lo peinó;
  • a continuación se metió un par de pistolas en el cinto;
  • por último, se enredó al cuerpo varios hilos de esmeraldas y perlas del más fino oriente que habían formado parte de su guardarropa de Embajadora.

Hecho esto, se asomó a la ventana, dio un silbido breve y descendió por la escalera destrozada y manchada de sangre, ahora cubierta de desperdicios de papeleras, tratados, despachos, sellos, lacre, etcétera, adentrándose así en el patio.

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