mástil. «¡Malditos sean!», exclamó, comprendiendo por primera vez lo que, en otras circunstancias, le habrían enseñado de niña, a saber, las sagradas responsabilidades de la
“Y ése es el último juramento que jamás podré hacer —pensó—; una vez que ponga un pie en suelo inglés. Y jamás podré partirle la cabeza a un hombre, ni decirle que miente con todos los dientes, ni desenvainar la espada y atravesarle el cuerpo, ni sentarme entre mis pares, ni llevar una coronita, ni marchar en procesión, ni condenar a muerte a un hombre, ni dirigir un ejército, ni cabalgar por Whitehall en un bridón, ni lucir setenta y dos medallas distintas en el pecho. Todo lo que podré hacer, una vez que ponga un pie en suelo inglés, es servir té y preguntar a mis Lores si les gusta. ¿Toma azúcar? ¿Toma crema?”
Y mascullando las palabras, se horrorizó al advertir qué bajo concepto se estaba formando del otro sexo, el varonil, al que antaño había sido su orgullo pertenecer.
«Caer de un mástil —pensó—, porque ves los tobillos de una mujer; disfrazarse de monigote y desfilar por las calles para que las mujeres te alaben; negar la enseñanza a una mujer no sea que se ría de ti; ser esclavo de la más frágil chiquilla con enaguas, y aun así ir por ahí como si fuerais los Señores de la creación—¡Cielos! —pensó—, qué idiotas nos vuelven—¡qué idiotas somos!».
Y aquí parecería, por cierta ambigüedad en sus términos, que estaba censurando a ambos sexos por igual, como si no perteneciera a ninguno; y, en verdad, por el momento, parecía vacilar; era hombre; era mujer; conocía los secretos, compartía las debilidades de cada uno.
Era un estado mental de lo más desconcertante y veleidoso en el que encontrarse. Los consuelos de la ignorancia le parecieron totalmente vedados. Era una pluma soplada por el vendaval.