¡Esta era, pues, la mujer que la había perseguido desde Inglaterra! ¡Este era el nido de ese buitre obsceno; esta, la ave fatal en persona! Al pensar que había huido hasta Turquía para evitar sus seducciones (ahora vueltas excesivamente insípidas), Orlando rió a carcajadas. Había algo indescriptiblemente cómico en la escena. Se parecía, como Orlando ya había pensado antes, ni más ni menos que a una liebre monstruosa. Tenía los ojos desorbitados, las mejillas lacias y el alto tocado de ese animal. Se detuvo entonces, muy a la manera de una liebre que se sienta erguida entre el trigo creyéndose libre de miradas, y se quedó mirando a Orlando, quien le devolvió la mirada desde la ventana. Tras haberse mirado fijamente de este modo durante un buen rato, no quedó más remedio que invitarla a pasar, y pronto las dos damas intercambiaban cumplidos mientras la Archiduquesa se quitaba la nieve del manto.
«Una plaga las mujeres», se dijo Orlando a sí misma, yendo al armario a buscar una copa de vino, «nunca le dejan a una a solas ni un momento. No existe gente más fisgona, inquisitiva y metiche. Para escapar de esta cucaña abandoné Inglaterra, y ahora»—aquí se volvió para ofrecerle la bandeja a la Archiduquesa, y he aquí que—en su lugar estaba de pie un caballero alto vestido de negro. Un montón de ropa yacía en el guardafuegos. Estaba a solas con un hombre.
Devuelta así de repente a la conciencia de su sexo, que había olvidado por completo, y del de él, que ahora resultaba lo bastante lejano como para ser igualmente perturbador, Orlando sintió que la embargaba un desmayo.
—¡Vaya! —exclamó, llevándose una mano al costado—, ¡cómo me has asustado!
—¡Dulce criatura —exclamó la archiduquesa, cayendo de hinojos y al mismo tiempo acercando un tónico a los labios de Orlando—, perdóname el engaño que te he hecho!