hombres, decía, que se degollaban unos a otros. Es verdad que un paisaje de pinos y nieve, las costumbres de la lujuria y la matanza, no le atraían. Tampoco le apetecía abandonar sus placenteras costumbres campestres de caza y plantación de árboles; renunciar a su cargo; arruinar su carrera; disparar al reno en lugar del conejo; beber vodka en lugar de vino de Canarias, y deslizar un cuchillo en su manga—con qué fin, no lo sabía. Aun así, todo esto y más que todo esto lo haría por ella. En cuanto a su matrimonio con lady Margaret, fijado para dentro de una semana, era algo tan palmariamente absurdo que apenas le prestaba atención. Sus parientes lo insultarían por abandonar a una gran dama; sus amigos lo ridiculizarían por arruinar la mejor carrera del mundo por una cosaca y un páramo de nieve—eso no pesaba un ápice en la balanza en comparación con la propia Sasha. La primera noche oscura huirían. Tomarían un barco hacia Rusia. Así lo meditaba; así lo tramaba mientras paseaba de un lado a otro de la cubierta.
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