El sendero cubierto de helechos conducía, con muchas vueltas y recodos, cada vez más alto hacia el roble, que se alzaba en la cima. El árbol había crecido más grande, más robusto y más nudoso desde que ella lo conocía, allá por el año 1588, pero seguía estando en la flor de la vida. Las pequeñas hojas de bordes muy rizados seguían agitando su espesura en las ramas. Dejándose caer al suelo, sintió las raíces del árbol extendiéndose como costillas desde una columna vertebral hacia uno y otro lado bajo su cuerpo. Le gustaba pensar que iba montada a lomos del mundo. Le gustaba aferrarse a algo duro. Al dejarse caer, un librito cuadrado encuadernado en tela roja se cayó del pecho de su chaqueta de cuero: su poema «El roble». «Debería haber traído una paleta», reflexionó. La tierra era tan poco profunda sobre las raíces que parecía dudoso que pudiera hacer lo que pretendía y enterrar el libro allí. Además, los perros lo desenterrarían.
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