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I

engaño. Entonces la propia Sasha se puso pálida; golpeó el pie en la cubierta; dijo que se iría esa misma noche, y convocó a sus dioses para que la destruyeran si ella, una Romanovitch, se había echado en los brazos de un marinero raso. En verdad, al mirarlos juntos (lo que apenas lograba hacer), Orlando se sintió ultrajado por la vileza de su imaginación, capaz de haber pintado a una criatura tan frágil entre las garras de aquella bestia marina y peluda. El hombre era enorme; medía seis pies y cuatro pulgadas en calcetines; llevaba comunes argollas de alambre en las orejas, y parecía un caballo de carga sobre el cual se hubiera posado en su vuelo un reyezuelo o un petirrojo. Así que cedió; la creyó, y le pidió perdón.

Sin embargo, cuando descendían por el costado del barco, de nuevo con afectuoso cariño, Sasha se detuvo con la mano en la escalera y le lanzó a este monstruo de tez bronceada y anchas mejillas una andanada de saludos, bromas o expresiones cariñosas en ruso, de las cuales Orlando no pudo entender ni una sola palabra.

Pero había algo en su tono (pudiera ser culpa de las consonantes rusas) que le recordaba a Orlando una escena de algunas noches atrás, cuando la había descubierto en secreto royendo en un rincón un cabo de vela que había recogido del suelo. Es verdad que era rosa; era dorada; y procedía de la mesa del Rey; pero era sebo, y ella se lo comía.

¿No había en ella —pensó, ayudándola a pasar al hielo— algo rancio, algo de sabor basto, algo de origen campesino? Y se la imaginó a los cuarenta años convertida en una mujer voluminosa, aunque ahora fuera esbelta como un junco, y letárgica, aunque ahora fuera alegre como una alondra.

Pero de nuevo, mientras patinaban hacia Londres, tales sospechas se desvanecieron en su pecho, y sintió como si un gran pez lo hubiera enganchado por la nariz y lo arrastrase por las aguas a la fuerza, pero con su propio consentimiento.

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