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Capítulo II

En este caso, el amor de Orlando echó a volar hacia él con su cara blanca vuelta hacia afuera y su cuerpo terso y encantador expuesto. Más y más cerca vino, agitando ante sí aires de puro deleite. De repente (a la vista de la Archiduquesa, presumiblemente), dio un giro, se volvió al revés; se mostró negra, velluda, bestial; y fue la Lujuria, el buitre, y no el Amor, el Ave del Paraíso, lo que se desplomó sucia y repugnantemente sobre sus hombros. De ahí que huyera; de ahí que fuera a buscar al lacayo.

Pero la arpía no es tan fácil de desterrar.

No solo la Archiduquesa siguió alojándose en la casa del Panadero, sino que Orlando se vio atormentado día y noche por fantasmas de la especie más inmunda. En vano, al parecer, había amueblado su casa con plata y colgado los muros con reposteros, cuando en cualquier momento un ave ensuciada de estiércol podía posarse sobre su mesa de escribir.

Allí estaba, aleteando torpemente entre las sillas; la veía caminar con desgarbo por las galerías. Ahora se posaba, desequilibrada, sobre una pantalla de chimenea. Cuando la echaba a patadas, volvía y picoteaba el cristal hasta romperlo.

Al comprender así que su casa era inhabitable y que debían tomarse medidas para zanjar el asunto al instante, hizo lo que cualquier otro joven habría hecho en su lugar, y le pidió al rey Carlos que lo enviara como Embajador Extraordinario a Constantinopla.

El rey paseaba por Whitehall. Nell Gwyn iba del brazo de él. Le estaba tirando avellanas. Era una lástima infinita, suspiraba aquella dama amorosa, que semejante par de piernas abandonara el país.

No obstante, las Parcas fueron implacables; ella no pudo hacer más que lanzarle un beso por encima del hombro antes de que Orlando zarpara.

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