—Es casi lo único que puede hacer uno hoy en día —dijo con timidez, y se sirvió grandes cucharadas de mermelada de fresa.
La visión que tuvo entonces de aquel muchacho (pues era poco más que eso) chupando caramelos de menta, por los que sentía devoción, mientras los mástiles crujían y las estrellas tambaleaban y él vociferaba breves órdenes de soltar esto, de arrojar aquello por la borda, le arrancó lágrimas de los ojos; lágrimas que, según notó, tenían un sabor más refinado que cualquiera de las que había derramado antes.
«Soy una mujer —pensó—, una mujer de verdad, al fin».
Le agradeció a Bonthrop desde el fondo del corazón por haberle regalado este deleite tan raro e inesperado. De no haber sido coja del pie izquierdo, se habría sentado en sus rodillas.
—Shel, vida mía —comenzó de nuevo—, dime... —y así estuvieron hablando dos horas o más, tal vez sobre el cabo de Hornos, tal vez no, y la verdad de poco serviría poner por escrito lo que dijeron, pues se conocían tan bien que podían decir cualquier cosa, lo que equivale a no decir nada, o a decir cosas tan estúpidas y prosaicas como cocinar una tortilla, o dónde comprar las mejores botas en Londres, cosas que pierden todo brillo al sacarlas de su entorno, mas poseen una belleza verdaderamente asombrosa dentro de él.
Pues ha querido la sabia economía de la naturaleza que nuestro espíritu moderno pueda prescindir casi por completo del lenguaje; las expresiones más comunes sirven, puesto que ninguna expresión sirve; de ahí que la conversación más ordinaria sea a menudo la más poética, y la más poética sea precisamente aquella que no se puede poner por escrito. Por cuyas razones dejamos aquí un gran espacio en blanco, que debe interpretarse como indicio de que dicho espacio está repleto hasta losanes.
Después de unos días más de esta clase de conversación.