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IV. Orlando

alma de su naturaleza— algo que le sucede a la mayoría de la gente sin expresarse tan claramente. Pues aquí, de nuevo, nos topamos con un dilema. Por muy diferentes que sean los sexos, se mezclan entre sí. En todo ser humano se produce una vacilación de un sexo a otro, y a menudo son solo los vestidos los que guardan la apariencia masculina o femenina, mientras que por debajo el sexo es exactamente lo opuesto al que se muestra en la superficie. De las complicaciones y confusiones que de esto se derivan todo el mundo ha tenido experiencia; pero aquí dejamos la cuestión general y señalamos únicamente el curioso efecto que tuvo en el caso particular de la propia Orlando.

Pues era esta mezcla en ella de hombre y mujer, estando ahora uno arriba y luego el otro, lo que a menudo daba a su conducta un giro inesperado.

  • Las curiosas de su propio sexo argüirían, por ejemplo, si Orlando era mujer, ¿cómo es que nunca tardaba más de diez minutos en vestirse?
  • ¿Y no se elegían sus prendas al azar, y a veces se llevaban un tanto ajadas?
  • Y luego decían, aun así, no tiene nada de la formalidad de un hombre, ni del amor al poder de un hombre.

Es sumamente bondadosa. No soportaba ver apalear a un burro o ahogar a un gatito.

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