encantador, tan ingenioso, tan prudente (mas por desgracia siempre en francés, idioma que, como es bien sabido, pierde su gracia en la traducción) que él olvidó las aguas heladas, la noche que se avecinaba, a la anciana o lo que fuere, e intentó decirle —tambaleándose y chapoteando entre mil imágenes que se habían vuelto tan rancias como las mujeres que las inspiraron— cómo era ella. ¿Nieve, crema, mármol, cerezas, alabastro, hilos de oro? Ninguna de esas cosas. Era como un zorro, o un olivo; como las olas del mar cuando se contemplan desde lo alto; como una esmeralda; como el sol sobre una colina verde que aún está nublada—como nada que él hubiera visto o conocido en Inglaterra.
Por más que rebuscara en los idiomas, las palabras le faltaban. Deseaba otro paisaje y otra lengua. El inglés era un idioma demasiado franco, demasiado candido, demasiado almibarado para Sasha.
Pues en todo lo que ella decía, por muy abierta y voluptuosa que pareciera, había algo oculto; en todo lo que hacía, por muy atrevido que fuera, había algo encubierto. Así la llama verde parece oculta en la esmeralda, o el sol prisionero en una colina. La diafanidad era solo exterior; por dentro había una llama errante.
Venía; se iba; ella nunca brillaba con el rayo constante de una inglesa —aquí, sin embargo, recordando a lady Margaret y sus enaguas, Orlando se desbocó en su entusiasmo y la arrastró por el hielo, más rápido, más rápido, jurando que perseguiría la llama, bucearía en busca de la joya, y así sucesivamente, saliendo las palabras al ritmo de su agitada respiración con la pasión de una poesía que el dolor arrancara a medias de su pecho.
Pero Sasha guardaba silencio. Cuando Orlando terminaba de decirle que era una zorra, un olivo o una colina verde, y le había contado toda la historia de su familia; cómo su casa era una de las más antiguas de Bretaña; cómo habían venido de Roma con los Césares y tenían derecho a caminar por el Corso (que es la calle principal de Roma) bajo un