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VI

una frase y miraba al cielo; miraba al cielo y volvía los ojos al periódico. ¿La vida? ¿La literatura? ¿Hacer de la una la otra? Pero ¡qué monstruosamente difícil! Pues —aquí pasaron unos ajustados pantalones escarlata—, ¿cómo lo habría expresado Addison? Aquí pasaron dos perros bailando sobre sus patas traseras. ¿Cómo habría descrito aquello Lamb? Pues al leer a sir Nicholas y a sus amigos (como hacía entre pausa y pausa mirando a su alrededor), le daba la impresión —aquí se levantó y echó a andar— de que hacían sentir a uno —era una sensación sumamente incómoda— que jamás, jamás hay que decir lo que se piensa. > (Se detuvo en la orilla del Serpentine. Era de color bronce; barcos delgados como arañas surcaban el agua de un lado a otro.) Hacían sentir a uno, continuó, que siempre, siempre hay que escribir como otro. > (Las lágrimas se le formaron en los ojos.) Pues en verdad, pensó, empujando un botecito con la punta del pie, no creo que pudiera (aquí el artículo entero de sir Nicholas acudió a su mente como acuden los artículos diez minutos después de leídos, con el aspecto de su habitación, de su cabeza, de su gato, de su mesa de despacho y la hora del día de propina), no creo que pudiera, prosiguió, considerando el artículo desde este punto de vista, sentarme en un estudio —no, no es un estudio, es una especie de salón mohoso— todo el día, y hablar con jóvenes apuestos, y contarles anécdotas, que no deben repetir, sobre lo que dijo Tupper de Smiles; y además, continuó llorando amargamente, son todos tan varoniles; y es que detesto a las duquesas; y no me gusta el pastel; y por muy malintencionada que sea, nunca podría aprender a ser tan malintencionada como todo eso, así que ¿cómo voy a ser crítica y escribir la mejor prosa inglesa de mi

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