En lugar de tomar el camino de Londres, por lo tanto, tomaron la dirección contraria y pronto se vieron más allá de la multitud, entre las extensiones congeladas del Támesis donde, salvo por las aves marinas y alguna vieja campesina que picaba el hielo en un vano intento de sacar un cubo de agua o recolectaba lasramitas u hojas secas que podía encontrar para hacer fuego, ni un solo ser humano se cruzaba jamás en su camino.
Los pobres se mantuvieron recluidos en sus casitas, y los más acomodados, que podían permitírselo, se agolpaban en busca de calor y alegría en la ciudad.
De ahí que Orlando y Sasha, como la llamaba por abreviar, y porque era el nombre de un zorro blanco ruso que había tenido de muchacho —una criatura suave como la nieve, pero con dientes de acero, que le mordió tan ferozmente que su padre mandó matarlo—, de ahí que tuvieran el río para ellos solos. Calientes por el patinaje y por el amor, se dejaban caer en algún tramo solitarios donde los mimbres amarillos orillaban la ribera, y envueltos en un gran abrigo de pieles, Orlando la tomaba en sus brazos y conocía, por primera vez, según murmuraba, las delicias del amor. Luego, cuando el éxtasis pasaba y yacían adormecidos en un desvanecimiento sobre el hielo, él le hablaba de sus otros amores y de cómo, en comparación con ella, habían sido de madera, de cilicio y de cenizas. Y riéndose de su vehemencia, ella se volvía una vez más en sus brazos y le regalaba, por amor, un abrazo más. Y entonces se maravillaban de que el hielo no se derritiera con el calor de ambos, y se compadecían de la pobre vieja que no disponía de medios naturales semejantes para deshelarlo, sino que tenía que picarlo con un hacha de acero frío. Y después, envueltos en sus martas cibelinas, hablaban de todo bajo el sol; de vistas y viajes; de moros y paganos; de la barba de este hombre y la piel de aquella mujer; de una rata que comía de su mano a la mesa; de los tapices que se movían siempre en el zaguán de su casa; de un rostro; de una pluma. Nada era demasiado pequeño para semejante charla, nada era demasiado grande.