“¡Sir Nicholas!”, exclamó. Pues advirtió intuitivamente por algo en su porte que el mezquino plumifero de a penique, que la había satirizado a ella y a muchos otros en tiempos de la reina Isabel, había prosperado en la vida y se había convertido sin duda en caballero y, sin duda, en otras muchas cosas magníficas para colmo.
Con otra reverencia, reconoció que su conclusión era correcta; él era un Caballero; era un Doctor en Letras; era un Profesor. Era autor de una veintena de volúmenes. Era, en suma, el crítico más influyente de la era victoriana.
Un tumulto violento de emociones la asaltó al encontrarse con el hombre que le había causado, años atrás, tanto dolor. ¿Podría ser este el sujeto molesto e inquieto que había quemado agujeros en sus alfombras, tostado queso en la chimenea italiana y contado historias tan alegres de Marlowe y los demás que habían visto salir el sol nueve noches de cada diez? Ahora iba pulcramente vestido con un traje gris de mañana, llevaba una flor rosada en el ojal y guantes de ante gris a juego. Pero incluso mientras ella se maravillaba, él hizo otra reverencia profunda y le preguntó si le haría el honor de almorzar con él. La reverencia era quizás un punto exagerada, pero la imitación de la buena educación resultaba digna de crédito. Ella lo siguió, extrañada, a un restaurante magnífico, todo de felpa roja, manteles blancos y vinagreras de plata, tan diferente como podía ser de la antigua taberna o café con su suelo de arena, sus bancos de madera, sus tazones de ponche y chocolate, y sus hojas sueltas y escupideras. Él colocó sus guantes ordenadamente sobre la mesa a su lado. Aún así, le costaba creer que fuera el mismo hombre. * Sus uñas estaban limpias; donde antes solían medir una pulgada de largo. * Su barbilla estaba afeitada; donde antes solía brotar una