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IV. Orlando

tomaría la lasca más diminuta y fina del mundo. Esto era lo más delicioso de todo: ceder y verle sonreír. «Pues nada —pensó, recuperando su tumbona en la cubierta y continuando la discusión— es más celestial que resistir y ceder; ceder y resistir. Sin duda, arrebata el espíritu en un éxtasis como ninguna otra cosa puede hacerlo. De modo que no estoy segura —prosiguió— de no arrojarme por la borda, por el solo placer de ser rescatada por un marinero al fin y al cabo».

(Hay que recordar que era como una niña que toma posesión de un jardín de recreo o un armario de juguetes; sus argumentos no agradarían a las mujeres maduras, que han tenido acceso a todo ello durante toda su vida.)

—Pero ¿qué solíamos decir los jóvenes en la batería del Marie Rose de una mujer que se arrojaba por la borda por el placer de ser rescatada por un marinero raso? —dijo—. Teníamos una palabra para ellas. ¡Ah! Ya la tengo…

(Pero debemos omitir esa palabra; era sumamente irrespetuosa y harto extraña en labios de una dama).

—¡Dios! ¡Dios! —exclamó de nuevo al concluir sus pensamientos—, ¿debo entonces empezar a respetar la opinión del otro sexo, por muy monstruosa que me parezca? Si llevo faldas, si no sé nadar, si tengo que ser rescatada por un marinero raso, ¡por Dios! —exclamó—, ¡debo hacerlo!

Tras lo cual, un sombrío desánimo se apoderó de ella.

Candidaria por naturaleza, y reacia a toda clase de equívocos, decir mentiras la aburría. Le parecía una forma rebuscada de hacer las cosas. Aun así, pensó, el paduasoy floreado⁠—el placer de ser rescatada por un

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