Entró en Leicester Square mientras hacía estas observaciones. Los edificios tenían una simetría airosa pero formal que no era la suya durante el día. El dosel del cielo parecía magistralmente lavado para rellenar el contorno de los tejados y las chimeneas. Una joven que estaba sentada abatida, con un brazo colgando a un lado y el otro reposando en su regazo, en un banco bajo un plátano de sombra en el centro de la plaza, parecía la viva imagen de la gracia, la sencillez y la desolación. Orlando se quitó el sombrero ante ella al modo de un galán que corteja a una dama de la alta sociedad en un lugar público. La joven levantó la cabeza. Era de una hechura de lo más exquisita. La joven levantó los ojos. Orlando vio que tenían un brillo como el que a veces se ve en las teteras, pero rara vez en un rostro humano. A través de este esmalte plateado, la joven lo miró (pues para ella era un hombre) con súplica, esperanza, temblor y miedo. Se levantó; aceptó su brazo. Pues —¿necesitamos recalcarlo?— ella pertenecía a la tribu que cada noche saca brillo a sus mercancías y las ordena en el mostrador público a la espera del mejor postor. Llevó a Orlando a la habitación de Gerrard Street que le servía de alojamiento. Sentirla colgada de su brazo, con ligereza pero como una suplicante, despertó en Orlando todos los sentimientos propios de un hombre. Él miraba, sentía y hablaba como tal. Sin embargo, habiendo sido ella misma una mujer hasta hace poco, sospechaba que la timidez de la muchacha, sus respuestas titubeantes, el mismísimo trastear con la llave
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IV. Orlando
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