El cambio de ropa tuvo, según dirán algunos filósofos, mucho que ver con ello. Por vanas frívolas que parezcan, las prendas tienen, según dicen, funciones más importantes que la de simplemente abrigarnos. Cambian nuestra visión del mundo y la visión que el mundo tiene de nosotros.
Por ejemplo, cuando el capitán Bartolus vio la falda de Orlando, hizo que le tendieran un toldo inmediatamente, le suplicó que aceptara otra loncha de carne y la invitó a desembarcar con él en el falúa. Es indudable que no le habría tributado tales atenciones si sus faldas, en lugar de ondear, le hubieran ceñido las piernas a la manera de unos calzones.
Y cuando nos tributan atenciones, nos incumbe corresponder de algún modo. Orlando hizo una reverencia; accedió; siguió la corriente a aquel buen hombre de un modo en que no lo habría hecho si sus pulcros calzones hubieran sido las faldas de una mujer, y su casaca galoneada, el corpiño de satén de una mujer.
Así pues, hay sobrados argumentos para sostener que son las ropas las que nos visten a nosotros y no nosotros a ellas; podremos hacer que adopten la forma del brazo o del pecho, pero ellas moldean nuestros corazones, nuestros cerebros y nuestras lenguas a su antojo.