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Capítulo II

a punto de aludir de algún modo a esta humilde mujer y a sus cubos de leche, cuando el poeta se le adelantó diciendo que era curioso, dado lo común que era el apellido Greene, que la familia hubiera venido con el Conquistador y fuera de la más alta nobleza de Francia. Por desgracia, habían venido a menos y apenas habían hecho otra cosa que legar su nombre al real burgo de Greenwich. Más charla de la misma índole, sobre castillos perdidos, escudos de armas, primos que eran barones en el norte, matrimonios consanguíneos con familias nobles en el oeste, cómo algunos Green escribían el apellido con una e al final y otros sin ella, duró hasta que el venado estuvo en la mesa.

Luego Orlando se las ingenió para decir algo sobre la abuela Moll y sus vacas, y ya se había quitado un poco de peso de encima para cuando les sirvieron las aves silvestres.

Pero no fue sino hasta que el vino de Malvasía comenzó a correr libremente que Orlando se atrevió a mencionar lo que no podía evitar considerar un asunto más importante que los Green o las vacas; a saber, el sagrado tema de la poesía.

A la primera mención de la palabra, los ojos del poeta echaron fuego; se quitó los aires de gran señor que había estado luciendo; dio un golpe con la copa en la mesa y se lanzó a contar una de las historias más largas, enrevesadas, apasionadas y amargas que Orlando jamás hubiera oído, salvo de labios de una mujer abandonada, sobre una obra de teatro suya; otro poeta; y un crítico.

De la naturaleza de la poesía misma, Orlando solo dedujo que era más difícil de vender que la prosa y que, aunque los versos eran más cortos, tardaban más en escribirse.

De modo que la conversación continuó con ramificaciones interminables, hasta que Orlando se atrevía a insinuar que él mismo

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