Con algunas de las guineas que le quedaban de la venta de la décima perla de su collar, Orlando se había comprado un atuendo completo con las ropas que entonces usaban las mujeres, y vestida de joven inglesa de rango estaba sentada ahora en la cubierta de la Enamored Lady. Es un hecho extraño, pero cierto, que hasta este momento apenas había pensado en su sexo. Quizás los pantalones turcos que hasta entonces había llevado habían contribuido a distraer sus pensamientos; y las mujeres gitanas, salvo en uno o dos detalles importantes, difieren muy poco de los hombres gitanos. Sea como fuere, no fue hasta que sintió el revoloteo de las faldas alrededor de sus piernas y el Capitán se ofreció, con la mayor cortesía, a mandarle extender un toldo en la cubierta, cuando se dio cuenta, con un sobresalto, de las penas y los privilegios de su posición. Pero ese sobresalto no fue del tipo que cabría haber esperado.
No fue causado, es decir, única y exclusivamente por el pensamiento de su castidad y de cómo podría preservarla. En circunstancias normales, una hermosa joven sola no habría pensado en otra cosa; todo el edificio del gobierno femenino se asienta sobre esa piedra angular; la castidad es su joya, su pieza central, por cuya protección se vuelven locas y por cuya pérdida mueren. Pero si uno ha sido hombre durante unos treinta años, y embajador para colmo, si uno ha tenido a una reina en sus brazos y a una o dos damas más, si los rumores son ciertos, de rango menos exaltado, si uno se ha casado con una Rosina Pepita, y así sucesivamente, tal vez uno no se sobresalte tanto por eso. El sobresalto de Orlando era de una índole muy compleja y no se resumía en un santiamén. Nadie, en verdad, la acusó jamás de ser una de esas