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VI

vio, al pasar una página o dos, que a menudo eran obras sobre otras obras de Sir Nicholas y de una veintena de otros a quienes, en su ignorancia, suponía, puesto que estaban encuadernados e impresos, que eran grandes escritores también. Así que le hizo un encargo asombroso al librero para que le enviara todo lo que tuviera alguna importancia en la tienda y se marchó.

Entró en Hyde Park, que conocía de antiguo (bajo aquel árbol hendido, recordaba, el duque de Hamilton cayó atravesado de parte a parte por lord Mohun), y sus labios, que a menudo tienen la culpa en este asunto, empezaron a formular las palabras de su telegrama en un estribillo insensato: vida literatura Greene adulador Rattigan Glumphoboo; de modo que varios guardias del parque la miraron con sospecha y solo concibieron una opinión favorable sobre su salud mental al reparar en el collar de perlas que llevaba. Se había llevado un manojo de papeles y revistas críticas de la librería y, al fin, recostada sobre el codo bajo un árbol, esparció estas páginas a su alrededor y se dispuso a sondear el noble arte de la composición en prosa tal como lo practicaban aquellos maestros. Pues aún seguía viva en ella la vieja credulidad; hasta la tipografía borrosa de un semanario poseía cierta santidad ante sus ojos. Así pues, leía, apoyada en el codo, un artículo de sir Nicholas sobre las obras completas de un hombre a quien conoció en otro tiempo: John Donne. Pero se había instalado, sin saberlo, no lejos del Serpentine. El ladrido de mil perros resonaba en sus oídos. Las ruedas de los carruajes corrían incesantemente en círculo. Las hojas suspiraban en lo alto. De vez en cuando, una falda con galones y unos ajustados pantalones escarlata cruzaban la hierba a pocos pasos de ella. Una vez, una pelota de goma gigantesca botó sobre el periódico. Violetas, naranjas, rojos y azules se filtraban por los intersticios de las hojas y centelleaban en la esmeralda de su dedo. Leía

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