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VI

Salve, incluso, a los toscos lazos rojos en los labios de las dependientas (como si Cupido, con gran torpeza, hubiera mojado su pulgar en tinta roja y trazado una seña al pasar). ¡Salve, felicidad! martín pescador que reluces de orilla a orilla, y todo cumplimiento del deseo natural, ya sea lo que el novelista varón dice que es; o la oración; o la negación; ¡salve! en cualquier forma que se presente, y ojalá haya más formas, y más extrañas. Porque oscuro fluye el arroyo —ojalá fuera verdad, como insinúa la rima, «como un sueño»—, pero más soso y peor que eso es nuestro destino habitual; sin sueños, pero vivos, presumidos, fluidos, habituales, bajo árboles cuya sombra de un verde oliva ahoga el azul del ala del ave esquiva cuando se lanza de repente de orilla a orilla.

Salve, felicidad, y después de la felicidad, salve no a esos sueños que desfiguran la imagen nítida como espejos con manchas el rostro en el salón de una posada de campo; sueños que astillan el todo y nos desgarran y nos hieren y nos parten en dos por la noche cuando querríamos dormir; sino el sueño, el sueño, tan profundo que todas las formas quedan reducidas a polvo de infinita suavidad, agua de penumbra inescrutable, y allí, arropados, envueltos, como una momia, como una polilla, tendidos boca abajo reposemos en la arena del fondo del sueño.

¡Pero espera! ¡pero espera! no vamos, esta vez, de visita a la tierra ciega.

Azul, como una cerilla encendida justo en el globo del ojo más recóndito, vuela, arde, rompe el sello del sueño; el martín pescador; de modo que ahora refluye de nuevo como una marea, el caudal rojo y espeso de la vida; burbujeante, goteante; y nos levantamos, y nuestros ojos (¡qué útil resulta una rima para cruzarnos sanos y salvos por la torpe transición de la muerte a la vida!) recaen en—(aquí el órgano de barbería deja de tocar de repente).

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