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VI

“¿Y luego qué? ¿Quién entonces?”, dijo. Treinta y seis; en un automóvil; una mujer. Sí, pero también un millón de cosas más. ¿Una esnob, yo? ¿La liga en el vestíbulo? ¿Los leopardos? ¿Mis antepasados? ¿Orgullosa de ellos? ¡Sí! ¿Codiciosa, lujuriosa, viciosa? ¿Lo soy? (aquí intervino un nuevo yo). Me importa un bledo si lo soy. ¿Veraz? Creo que sí. ¿Generosa? Oh, pero eso no cuenta (aquí intervino un nuevo yo). Quedarse en la cama por la mañana escuchando a las palomas sobre lino fino; platos de plata; vino; sirvientas; criados. ¿Malcriada? Tal vez. Demasiadas cosas gratis. De ahí mis libros (aquí mencionó cincuenta títulos clásicos; que representaban, según creemos, las primeras obras románticas que hizo girones). Facilones, locuaces, románticos. Pero (aquí intervino otro yo) una torpe, una chapucera. Más torpe no podría ser. Y⁠—y⁠—(aquí dudó en busca de una palabra y si sugerimos “Amor” tal vez nos equivoquemos, pero ciertamente se rió y se sonrojó y luego exclamó⁠—) ¡Un sapo engarzado en esmeraldas! ¡Harry el Archiduque! ¡Moscardones en el techo! (aquí intervino otro yo). ¿Pero Nell, Kit, Sasha? (se hundió en la melancolía: las lágrimas llegaron a formarse y eso que hacía mucho que había dejado de llorar). Los árboles, dijo. (Aquí intervino otro yo). Me encantan los árboles (pasaba junto a un bosquecillo) que llevan ahí creciendo mil años. Y los

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