—La casa está a su servicio, señora —exclamó, haciendo una profunda reverencia—. Nada se ha cambiado. El difunto lord, mi padre, la guiará.
Mientras hablaba, sonó la primera campanada de la medianoche. La fría brisa del presente rozó su rostro con su pequeño aliento de miedo. Miró con ansiedad hacia el cielo. Ahora estaba oscuro de nubes. El viento bramaba en sus oídos. Pero en el bramido del viento escuchó el rugido de un avión que se acercaba cada vez más.
«¡Aquí! ¡Shel, aquí!», gritó, desnudando su pecho a la luz de la luna (que ahora brillaba con intensidad) para que sus perlas resplandecieran como los huevos de alguna gigantesca araña lunar.
El aeroplano salió precipitadamente de las nubes y se detuvo sobre su cabeza. Se mantuvo suspendido encima de ella. Sus perlas ardiendo como una bengala fosforescente en la oscuridad.
Y mientras Shelmerdine, convertido ya en un apuesto capitán de barco, sano, de buen color y alerta, saltó a tierra, alzó el vuelo sobre su cabeza un único pájaro silvestre.
—¡Es el ganso! —exclamó Orlando—. El ganso silvestre...
Y sonó la duodécima campanada de la medianoche; la duodécima campanada de la medianoche, jueves, once de octubre de mil novecientos veintiocho.