nombrar ni una sola cosa. Siempre ocurría lo mismo. Al día siguiente no quedaba nada, pero la emoción del momento era intensa. Así pues, nos vemos obligados a concluir que la sociedad es uno de esos brebajes que las amas de llaves expertas sirven bien calientes en época navideña, cuyo sabor depende de la mezcla y el hervor adecuados de una docena de ingredientes diferentes. Quitad uno, y en sí mismo resulta insípido. Quitar a Lord O., a Lord A., a Lord C. o al señor M. significa que, por separado, cada uno no es nada. Mezcladlos a todos y se combinan para desprender los sabores más embriagadores, los aromas más seductores. Sin embargo, esta embriaguez, esta seducción, escapan por completo a nuestro análisis. Al mismo tiempo, por consiguiente, la sociedad lo es todo y la sociedad no es nada. La sociedad es el brebaje más poderoso del mundo y la sociedad carece de toda existencia. Con semejantes monstruos solo los poetas y los novelistas pueden lidiar; con semejantes nadas con apariencia de algo sus obras se hinchan hasta alcanzar dimensiones descomunales; y a ellos, con la mejor voluntad del mundo, nos contentamos con dejárselo.
Siguiendo, por lo tanto, el ejemplo de nuestros predecesores, nos limitaremos a decir que