Del mismo modo, la Reina misma solo pudo haber visto una cabeza. Pero si es posible deducir un cuerpo a partir de una mano, dotado de todos los atributos de una gran Reina, su aspereza, valor, fragilidad y terror, sin duda una cabeza puede ser igual de fértil, contemplada desde una silla de estado por una dama cuyos ojos estaban siempre, si hemos de fiarnos de las figuras de cera de la Abadía, bien abiertos.
El cabello largo y rizado, la cabeza oscura inclinada con tanta reverencia, con tanta inocencia ante ella, sugerían un par de las mejores piernas sobre las que un joven noble se haya erguido jamás; y unos ojos violeta; y un corazón de oro; y lealtad y encanto varonil, todas cualidades que la anciana amaba tanto más cuanto más la defraudaban.
Pues envejecía, se gastaba y se encorvaba antes de tiempo. El sonido de los cañones resonaba siempre en sus oídos. Veía siempre la brillante gota de veneno y el largo estilete. Mientras se sentaba a la mesa, escuchaba; oía los cañones en el canal de la Mancha; temía —¿era eso una maldición, era eso un susurro?—. La inocencia y la sencillez le eran tanto más caras por el sombrío fondo contra el que las recortaba.
Y fue esa misma noche, según cuenta la tradición, cuando Orlando dormía profundamente, cuando ella le cedió formalmente, poniendo su puño y letra y su sello definitivo en el pergamino, el regalo de la gran casa monástica que había pertenecido al arzobispo y luego al rey, al padre de Orlando.
Orlando durmió toda la noche en la ignorancia. Una reina lo había besado sin que él lo supiera. Y tal vez, porque los corazones de las mujeres son enrevesados, fue su ignorancia y el sobresalto que dio cuando los labios de ella lo rozaron lo que mantuvo vivo en la mente de ella el recuerdo de su joven primo (pues tenían sangre en común).